diumenge, 7 de juliol del 2013

LES CALCES DE LA REINA



 

 Il-lustració de Valeriano Bécquer a “Los Borbones en pelota” (1868)


El periodista i historiador Santi Vinyals va publicar al blog de la revista “La lamentable” aquest divertit article de divulgació històrica. Jo el copio i enganxo descarat i enfasitzo en itàlica (¡perquè no vol sortir en negreta, ves quins collons!) l'ultim paràgraf pel que té d'interessant reflexió i subratllo a més a més l'ultima frase. 


La causa de la guerra franco-prusiana fueron las bragas de la reina de España; o más exactamente, la rapidez y frecuencia de su descenso”. Esta es la explicación que da Richard Holmes a un conflicto europeo que, en el último tercio del siglo XIX, dejó el sustrato perverso sobre el que se organizaron luego las carnicerías del 14-18 i del 39-45. Richard Holmes es un historiador muy popular gracias a sus intervenciones televisivas. Especialista en historia militar, no es sin embargo de los que se pirran por armas y estrategias sino que busca las causas sociales y económicas de las guerras.


Por lo que respecta a esta célebre frase suya, Holmes se refiere a una de las causas que llevaron al descrédito de la monarquía de Isabel II y a la Revolución Gloriosa de 1868 que la expulsó de España. Isabel II tenía una gran afición a los cabos de guardia y se da por sabido que sus diversos hijos fueron engendrados no por el esposo legal, Francisco de Asís, que no podía hacerlo por padecer una hipospadias, sino por los diversos amantes que tuvo. La paternidad del heredero, Alfonso XII, se atribuye, por ejemplo, a un militar de origen catalán, Enrique Puigmoltó.


El vacío dejado por la caída de Isabel II en 1868 originó toda clase de maniobras de las potencias europeas para aportar en su lugar una figura favorable a sus intereses. Los intentos prusianos para colocar al príncipe Leopoldo de Hohenzollern-Sigmaringen (al que la gente, ante la dificultad de pronunciar su nombre, llamaba, en broma, “olé-olé si me eligen”) alarmaron a los franceses y un error diplomático (el llamado “telegrama d’Ems”) dio la excusa a Bismarck para declarar la guerra. El final fue, el 1871, la Comuna de París, la derrota francesa y la ocupación de Alsacia y la Lorena, que jugaría un papel importante, unos años más tarde, en el origen de las dos devastadoras guerras europeas.


La frase de Holmes, pues, parece más bien una salida de tono o una muestra de humor inglés, porque ni las revoluciones ni las guerras no se originan sólo porque un país tenga una reina promiscua, sino por causas mucho más profundas, sobre todo de carácter económico, que se van acumulando a lo largo del tiempo y que llevan finalmente al estallido social.


Pero para que se produzca ese estallido hace falta la gota que desborda el vaso o, dicho más gráficamente, la cerilla que prende la mecha de los barriles de pólvora del descontento largo tiempo larvado. Esa cerilla pueden ser las historias de cama o los casos de corrupción o irresponsabilidad de figuras políticas significativas… o anécdotas que parecen insignificantes pero que cumplen su papel incendiario en grandes cambios sociales o en conflictos que parecen espectaculares pero que acaban por no llevar a ninguna parte.


El subir y bajar incesante de las bragas de la reina de España pueden ser una de esas anécdotas, o la subida mínima del billete del tranvía, como en la huelga de Barcelona de 1951. O, para situarnos en la actualidad, la subida del precio del transporte en Brasil, la tala de árboles en un parque de Estambul, o las prohibiciones morales impuestas en Egipto por los islamistas en el gobierno, tres casos que han llevado a disturbios de gran envergadura y probablemente a cambios políticos importantes.


El interrogante es, en la España actual, si habrá cerilla y cual será. Los barriles de pólvora hace tiempo que se amontonan, pero de momento nadie se acerca a la mecha, aunque crecen las advertencias sobre el peligro de que eso ocurra. Peligro no sólo por las consecuencias de un estallido de violencia sino porque, como ocurrió la Semana Trágica de 1909, no hay una alternativa política competente y dispuesta a hacerse cargo de las riendas del cambio. En esta tesitura, los populismos aguardan agazapados su momento.